
Una cartera de mujer. Al fondo brilla algo así como el botín de un loco.
Ana Istarú



Quisiéramos ser buenos anfitriones de Luis Landero y hacer que la visita a nuestro centro sea agradable para él.
Agradecemos cualquier contribución para conseguirlo.
Este encuentro se celebrará en la Biblioteca a las 12:30

Ya sé que vuestro comportamiento conmigo no es más que un dejarse llevar por mi rutina; también por eso quiero poner tierra por medio. Si me quedo, seguiré poniéndoos todo al alcance de la mano, jugando mi papel de omnipresente para que me queráis más.
Sí, para que me queráis más. Me he dado cuanta de que todo lo que hago es para que me queráis más, y eso me parece tan peligroso para vosotros como para mí. Es una trampa para todos.
Palabra de honor que no me voy por cansancio, aunque sea una lata dormirse todas las noches pensando en la comida del día siguiente y hacer la compra a salto de mata cuando vienes del trabajo y, a la larga, pesa mucho la manía de ver siempre un velo de polvo en los muebles cuando me siento un rato en el sofá, y la perenne atracción hacia la bayeta y la cera. Pero no es sólo por eso. No. Tampoco me voy porque esté harta de poner la lavadora mientras me desabrocho el abrigo ni porque quiera estar más libre para hacer carrera en mi trabajo. No. Hace ya mucho tiempo que tuve que elegir una perpetua interinidad en mi profesión porque no podía compatibilizar una mayor dedicación mental al trabajo profesional con la lista de la compra. Me voy para enseñaros a compartir, pero sobre todo me voy para ver si aprendo a delegar.
Porque si lo consigo, no volveré nunca más a sentirme culpable cuando no saquéis notas brillantes o cuando se quemen las lentejas o cuando alguno no tenga camisa planchada que ponerse.
La culpa de que sea imprescindible en casa es sólo mía, así que desapareciendo yo por unos días, os daréis cuenta vosotros de que la monarquía doméstica es fácilmente derrocable y quizá yo pueda aprender la humildad necesaria para ser, cuando vuelva, una más entre la plebe.
Cuando encontréis la naftalina no dejéis de avisarme. Seguro que para entonces yo también habré aprendido a no ser tan excesivamente buena. Puede ser que ese día no nos queramos más, pero seguro que nos querremos mejor. Besos. Mamá.
C. de Santos - "Ser Humano"
El amor tiene el defecto de aparecer cuando no se le espera y tardar en llegar cuando se le necesita. Pero siempre anda por ahí revoloteando y queriendo cambiar las cosas. No es fácil de identificar la primera vez que nos toca, a veces nos confunde con vueltas extrañas que nos hacen dudar de tan especial sentimiento.
Ocasionalmente es fastidioso porque no es recíproco y nos obliga a curarnos de él, otras es caprichoso y trae más de un quebradero de cabeza que por cierto es su gran enemiga, casi nunca están de acuerdo.
Pero el Amor está siempre pululando y cuando nos roza lo reconocemos por las mariposas, sí, esas que de repente nos hacen cosquillas en el estómago y que se alborotan imprevisiblemente.
El amor ha sido tema en la literatura porque sólo aquellos que tienen el dominio de la palabra han conseguido acercarse al sentimiento que provoca y gracias a ellos lo conocemos y reconocemos cuando llega.
Nuestra propuesta desde la Biblioteca es que conozcas historias de amor y que nos cuentes una historia de amor.
La biblioteca pone a tu disposición una selección de libros en las que el amor es una parte importante y te invita a compartir una historia de amor
También, puedes crearla tú, en forma de carta, de poema o de relato corto. Prueba a contar esa historia propia o de otros y podrás verla publicada en este blog además de ganar un premio.
Envía una historia amor a bibliotecalcaceres@gmail.com
Amares
El amor es una enfermedad. Y a los enfermos cualquiera nos reconoce por las hondas ojeras, que delatan la falta de sueño, o por nuestra insoportable necesidad de decir estupideces.
El amor se puede provocar, echando un puñadito de polvo de "quereme", en el café o en la sopa, como al descuido, pero no se puede impedir.
No hay decreto de gobierno que pueda prohibirlo.
Alguna vez escribí, para resumir el asunto:
"Ellos son dos, por error que la noche corrige"
Eduardo Galeano. El libro de los abrazos.

El comienzo del Nuevo Año (en el sentido romano de la palabra, ya que en su origen lo hacía el 1 de marzo) parece un buen momento para iniciar las colaboraciones en este blog que ha nacido con mucho trabajo e ilusión y al que con vuestras aportaciones, sean comentarios o creaciones, estará siempre abierto para que podáis opinar, conocer, leer, escribir, descubrir, imaginar, preguntar, crear. Y qué mejor que un texto sobre la belleza de las palabras.
Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen... Vocablos amados... Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola... Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció... Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recientísimas... Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... Qué buen idioma el mío, qué buena heredamos de los conquistadores torvos... Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras.
PABLO NERUDA